¿Cómo tener calma en tiempos de desasosiego? ¿Ignorando la realidad? ¿Afrontando a cualquier precio y sumisamente la realidad? ¿Pretendiendo inocentemente que la realidad sea tranquilizante?
¿Cómo tener calma en tiempos de desasosiego? ¿Ignorando la realidad? ¿Afrontando a cualquier precio y sumisamente la realidad? ¿Pretendiendo inocentemente que la realidad sea tranquilizante?
Nada más lejos de mi intención que enmendar la plana a Canetti, del que solo me cabe aprender. Pero,¿seguro que los animales no saben de la muerte? Que no tengan esto que los humanos llamamos conciencia no quiere decir que no tengan su propio impulso instintivo de consciencia. Los etólogos actuales deben haber llegado a cierta claridad sobre este aspecto. Tal vez algún día nos preguntemos: ¿por qué reservaremos solo para nosotros el concepto conciencia?
No sé por qué tomo en mis manos de par de mañana el Libro de los muertos, de Canetti. ¿Vendrá por algún pensamiento o vivencia oscura desde el sueño de la noche? Sale una página al azar: "Lo terrible no es que los animales se devoren unos a otros, pues ¡qué saben de la muerte! Que los hombres, que saben lo que es la muerte, sigan matando, eso es lo más terrible". Qué certero axioma. Qué pena, me digo, carente de más palabras ante lo que es obvio y la lectura del periódico un rato después me lo confirmará.
¿Y si lo nuevo no fuera lo imaginado? ¿Y si tras la espera no cupiese más esperanza? ¿Y si lo que se instala no es el signo de reconstrucción alguna? ¿Y si lo que se muestra novedoso sigue siendo lo viejo donde campa la apariencia engañosa de un mundo de mercado, sin otro valor más reconocido universalmente que el crematístico?
Vivir resistiendo. Resistir no es un acto inútil ni pasivo. En la resistencia no cabe la indolencia. Es un mientras tanto entre situaciones que no dan más de sí o nos abandonan y las pendientes por llegar. No se trata de una espera donde nos ausentamos sino una espera donde imaginamos lo nuevo.
El azar nos acompaña. Permanece despierto a nuestro lado. Dentro de nosotros incluso. No solo está ahí la voluntariedad humana, tan visible, tan controlada, tan exhibida por la especie en sus actividades. El azar está latente, sigiloso, inesperado. Sucede todos los días con las pequeñas cosas que se nos alteran. A veces ocurre de manera excepcional y con un tono excesivo. Lo llamamos entonces catástrofe.
Dices que te duele el dolor ajeno que te llega cómodamente desde la lejanía. Los hombres que sufren están solos allá donde no levantan cabeza. Por mucho que te rebelen sus padecimientos tú estás a salvo, de momento. Tu lamento puede ser un homenaje, pero no es práctico. Ellos no van a dejar de sufrir. Empiezas a temer incluso las palabras que creías que decían algo. Por ejemplo, el término solidaridad.
Hoy no has puesto la radio de par de mañana, ni hojeado el periódico, ni escuchando las voces del mercado. Te has limitado a permanecer ante la ventana. La vista fija en un punto del horizonte. Dejando que las pupilas registrasen el transcurrir paciente pero imparable de las nubes. Absorto en las bandas ígneas que las masas abiertas de cirros traían como mensaje del sol a tu amanecer.
Si quieres con sinceridad el bien para el otro busca palabras con calor. Palabras que enciendan la lumbre mental. Las justas, las precisas, las que contienen reflexión y no las que se envuelven como celofán y tras las cuales no hay sino aire.
En la sucesión imparable de los primeros días de un nuevo año te encuentras con gente que aún invoca el mantra y pronuncia la palabra feliz. Feliz, felicidad, son palabras totémicas que ni siquiera son consideradas al ser emitidas. El convencionalismo se ha impuesto y quien las utiliza ni siquiera se plantea si ciertamente, de corazón, como se suele decir, se lo desea al receptor, aunque implícitamente parezca suponer un deseo benevolente. Pocos matizan si lo que quieren para el otro es salud o que vaya bien su vida, en todos sus aspectos. Alguno se permite incluso una leve reflexión, que el receptor, en este caso yo cuando me lo comunican, agradece. Como es de agradecer huir del vocablo manido o la frase tópica, que suena tan vacua.
Cencellada en los tejados. Cencellada en la hierba lastimada de los jardines. Cencellada en las vías del tren obsoletas. Como un aviso del invierno que creías olvidado y se instala de madrugada solapadamente. Te engañas con los colores mutantes de la ciudad. Tu cuerpo aterido no entiende de miradas. Te grita desde sus escalofríos.
Fechas tradicionales, dicen. Tradición. Más allá del diccionario cada cual recrea para sí su propio significado. Refugio para unos. Adaptación, también adopción, para otros. Convergencia de la tribu, para muchos. Orden y confirmación de seguridad para bastantes. Inercia y rigor para algunos. Ruptura para los menos. Si preguntáramos a cada cual qué le aporta la tradición obtendríamos respuestas simples, no exentas de firmeza. Si ahondáramos en esos mismos individuos palparíamos el miedo a quedar fuera del rebaño. Pero los lobos, en la especie humana, ¿están fuera o dentro del hatajo?
Sabañón. Una palabra hoy desconocida para las nuevas generaciones. Muchas pieles no conocían en otros tiempos invernales sino este vocablo cuya etimología me es ignota. Ni siquiera Joan Corominas en su Diccionario etimológico lo sabe. Se limita a decir que se trata de un término compartido en otras lenguas próximas -saballó catalán, sagallón aragonés, saualhoun gascón- que se aplicaría a un gusano, porque se pensaba hace siglos que era un bicho el que causaba la ulceración o la inflamación. Lo cual me hace pensar en cuántos sustantivos, comunes o propios, han llegado a la vida sin conocer a sus padres.
(Me llegan voces lejanas: a fulanito le han salido unos sabañoñes...)
Un ejemplo. Hoy hay poca claridad y una lluvia persistente, fría. Me vienen a la mente los días escolares, la sensación aquella de estar más desasistido, no obstante la protección familiar. El recorrido hasta casa lo más rápido posible. Aquel contraste entre empaparte por la calle, llegar más o menos calado al hogar y recuperarte frente al fogón de carbón que calentaba la cocina, la única estancia donde hacer vida en invierno.
El clima de los días lleva consigo incorporada una memoria en cada individuo. El calor o el frío, la lluvia o la sequedad, las heladas sobrecogedoras o la bonanza que templa, la oscuridad de los días que nos recogen, la luminosidad de otros donde nos desbordamos, la niebla que nos secuestra...Efectos de estados climáticos que no solo inciden y corrigen las conductas de cada individuo. También despiertan fantasmas. En forma de recuerdo.
Afán de los individuos por intentar ser uno solo, debido a exigencias del guion social. Empeño del otro o de los otros que cada cual lleva dentro por salir a la superficie. ¿Quién permanecerá?
Ser alguien distinto del que cree ser. O ser realmente quien es sin necesidad de la apariencia del ser.
Escucho últimamente la expresión estar en el lado correcto de la Historia. Imagino que se refieren a esa Historia con mayúsculas que es ante todo tiempo y después acontecer humano. ¿Qué será eso de estar en el lado correcto? ¿Desde qué punto de vista se puede utilizar tal calificación? ¿Acaso desde todos los ángulos ideológicos? Si para corroborar que existe ese lado correcto tiene que existir una especie de tribunal decisorio, como en todas las decisiones humanas que atañen a la colectividad, ¿quién decide cuándo se da lo correcto y a quién beneficia? ¿O hay que esperar al final de los tiempos, otra expresión imprecisa pero apocalíptica?
Precisamente una de las características de la personalidad soñadora es no distinguir. Ni el tiempo, ni la luz, ni los límites del individuo que habita en ella. Los sueños levantan espacios contrapuestos a los de la conciencia. Ya desde la infancia se exige aparcar los sueños para aceptar la conciencia que viene impuesta desde fuera. Códigos, reglas, pensamientos, creencias, deberes...Larga lista que el soñador debe cargar sobre sí para ser aceptado por la grey. No se permiten ovejas descarriadas ni garbanzos negros.
Si te sabes soñador aprópiate de tus sueños. Que ellos no se adueñen de ti. Pero...¿qué digo? ¿Dándome instrucciones correctoras a mí mismo a estas alturas? Nunca logramos del todo renunciar a la otra forma de vivir la vida.
Ser soñador de niño. Ser soñador de hombre. Ser soñador de viejo. Qué accidentado es ser soñador en las tres edades.
Me gusta más el término amateur, que es voz francesa pero se ha admitido, que el de aficionado. En mi infancia y juventud aún se utilizaba mucho. Un hermoso término que remite al latino amator, si Barthes no miente, que podríamos traducir por el que ama. Amar lo que merece ser amado. Todo aquello que no se otorga por compromiso, compraventa u obligación.
Aficionado tiene menos fuerza para designar lo que se ama y lo amable. Además tiene un doble tic más bien peyorativo: eres un aficionado, se dice de alguien para descalificarle, aunque sea suavemente. Y tiende a señalar a la masa social y a los eventos de masa, tantas veces poco amables y sí enconados.
Ahora recuerdo otro vocablo, pero más excelso. Diletante. Expresivo más bien para quien se adentra en conocimientos y disfruta de ellos, sin imperativos ni deberes, y no esperando más que ese avance en saber le proporcione goce.
Contemplar la vida como aficionado. Siempre dispuesto a un descubrimiento nuevo que proporcione disfrute. Ser profesional de la existencia conlleva excesivas obligaciones, innumerables compromisos y al fin y al cabo renuncias (a distinguir, a gozar, a frecuentar los sueños)
"No tenemos ninguna idea acerca de la naturaleza y el alcance del sufrimiento de los demás. El dolor es instransferible". Lo leo en la novela 'Indigno de ser humano' de Osamu Dazai. Probablemente tampoco queramos disponer de mayor conocimiento, pues saber del padecimiento ajeno nos hace temer por el propio que podemos llegar a tener. Y el espanto a lo imaginado nos empuja a mirar para otra parte. Hay, además, un tipo de dolor ajeno, el distante, del que nos llegan imágenes todos los días que se detienen a las puertas de nuestra conciencia. Un dolor que nos alcanza tamizado, falseado, reducido. No podemos evitar que el dolor nos rodee. Y hay un ruido creciente para ocultarlo, al que cada cual de nosotros contribuimos. Aunque solamente sea con el silencio. Porque ruido y silencio se complementan para ignorar la verdad.
Pasa a mi lado una fila revuelta de niños de una escuela. No serán más de una quincena. Van cantando. No logro entender del todo la letra pero la música no me resulta extraña. Llega un momento en que uno no sabe si ha olvidado o no ha conocido nunca. Esta frontera en que no tiene claro si recuerda correctamente o si su mente inventa el recuerdo.
Observo a los chicos y me producen una sonrisa larga que las maestras advierten. Unos se toman de la mano, pero tan pronto se sueltan como se enganchan a otros que van más atrás. Tan pronto se superan entre ellos como se quedan rezagados. De vez en cuando se dicen algo al oído. Para a continuación retomar el griterío. Hay tal afán alegre, de empatía entre todos ellos que podría pensarse que se llevan siempre a las mil maravillas. Ese paseo de calle, quizás para llegar a algún museo donde se les obligará a ser modositos, es como el camino machadiano. No importa tanto llegar a la exposición como desplazarse. Sin entenderlo muy bien, ellos están cargando de valor a la calle.
El conjunto, las actitudes de los chicos, su contagiosa agitación, me produce envidia. Éramos así también. Los traslados para ir a alguna parte eran, y son seguramente ahora para estos chavales, lo mejor del día. La rotura con lo ordinario, la manifestación de la espontaneidad, el entusiasmo y la tensión por el esperado descubrimiento de la meta donde se dirijan. La calle como prolongación del patio de colegio.
¿Es el conocimiento de las cosas el que me perturba y entra en colisión con una conciencia adquirida anterior que se resiste a modificarse?
Soñar como reposición mientras se duerme es lo saludable y ordinario. Soñar en estado de vigilia ya no es soñar por instinto sino por anhelo. El deseo de imponer el mundo personal del individuo a otros individuos o a la colectividad. Es el principio de una senda totalitaria.
De un personaje tan peculiar como Thomas Edward Lawrence:
Una palabra sale fortuitamente hoy a mi encuentro, debido a la lectura de un texto. Irreverencia. En mi memoria suena antigua. Suena transgresora. De seguir uno condicionado por el pasado lejano se la podría denominar también pecaminosa. Hoy percibo el término irreverencia como el primer paso de otra acepción, la de rebeldía. Han sido tantas las navegaciones y sus cambios de rumbo...
Pensamientos sobre una fotografía: estarán muertos y enterrados el hombre, el periódico, el tranvía, la moda y su época. Lo vintage o lo revival nunca reponen lo fenecido.
Corrijo: ya no se dice leer la prensa. Solo echar un vistazo al periódico. En gran parte de las páginas de un diario nos quedamos en la abreviatura. Los epígrafes, los titulares. Como mucho las entradillas.
Lectura mañanera del periódico. Leer entre líneas, leer sobre líneas, leer bajo líneas. Incluso leer sobrevolando las líneas. La lectura de prensa ha acabado siendo para mí una geometría. Pero ¿no lo fue acaso en mis años jóvenes cuando buscaba con avidez lo que no estaba escrito?
Es la cualidad burlona de los sueños lo que me intriga sobremanera. Mucho más poderosa y probablemente efectiva que la ironía que podemos desplegar cuando creemos que nos regimos por nuestra consciencia.
¿Qué parte de nosotros habrá en la naturaleza de los sueños?, me pregunto en ocasiones. Para qué cuantificar, me respondo.
Despertar con el peso de los sueños revueltos. ¿Cabe imaginar sueños ordenados? Si lo fuesen la carga sería mucho más onerosa y el caos se extendería a lo largo de las horas del día.
La palabra es una sustancia circulante. Una más que sumar a las corrientes naturales del cuerpo, las que denominamos biológicas que, por cierto, también mutan, se multiplican o se reducen, fluyen o se obstaculizan. No necesito pensar en la generación por sí misma de la palabra. Bulle dentro, despierto y dormido. Solo debo cuidarla al razonar y, sobre todo, al expresarla al exterior.
Aviesa cosa sería llegar al estertor diciendo: no supe vivir. Tal vez en ese instante irreversible lo que querrías decir es: no aprendí a saber vivir.
Tan perjudicial puede ser vivir en un ambiente cerrado y sin ventilar como padecer siempre la desprovisión de la intemperie.
Hay desaciertos prácticos, tales como la resistencia inútil a aceptar hechos consumados o acontecimientos irreversibles. Naturalmente llorar ante lo irreparable es un recurso emocional, pero baldío. No obstante conviene tener certeza de que no hay vuelta de hoja. No vaya a ser que lo que se nos ofrece como estación término -de algún asunto, alguna experiencia, alguna aspiración- haya sido un simple apeadero. Pero vivimos tiempos en que los apeaderos no existen, lo cual nos obliga a extremar las precauciones. Nunca nos demos por muertos mientras sigamos escuchando a los vivos.
Se me cae de la estantería Leopardi. Por fortuna no se ha descuajeringado el libro. Leo en la página abierta por el azar del accidente:
'El hombre está condenado o a consumir su juventud sin un propósito concreto, que es el único tiempo en el que pueden producirse los frutos de los tiempos venideros y proveer a su propio estado, o a malgastarla en procurarse goces para aquella parte de su vida en la que ya no está capacitado para gozar'.
Al final va a resultar que la vida, en cualquiera de sus etapas y circunstancias, es tiempo perdido. Pero perdido, ¿para qué? ¿Acaso de jóvenes no ocupamos el tiempo y en edad avanzada no lo tiramos con frecuencia por la borda? Hasta el conocimiento de los pensamientos ajenos son productos de la casualidad (en este caso proporcionado por la caída del libro) ¿Será que nuestra existencia misma es una constante y recurrente caída? Eso sí, unas veces previsible; otras, inesperada.
Afecta la desaparición de personajes que sin ser de nuestro mundo cercano e inmediato nos han dejado alguna huella. Pero a los que de una manera u otra, alguna vez, hemos incorporado a la inmediatez y a la cercanía, siquiera imaginaria. Un escritor cuya narrativa hemos leído con agrado, por ejemplo. Un científico que además de investigar ha sabido divulgar sus mundos. Un artista cuya obra ha sido fecunda. Un actor cuya interpretación nos ha gustado. No importa si de alguno de esos personajes no sabíamos nada desde hacía tiempo. Suele pasar. De pronto la noticia de su muerte nos conmueve y la memoria hace un repaso de aquello que hemos leído del fallecido, de los cuadros que hemos admirado, de las divulgaciones que nos han abierto la mente, de las interpretaciones en filmes que en su momento nos impresionaron.
Al final todo nos remite a la relación personal que se establece entre emisor y receptor. Cómo el primero influye sobre el segundo y cómo este acoge y se deja acoger por el primero. Tal vez sea cuestión también de asuntos de familia. Porque nuestra mente individual introduce tanto a familiares biológicos como a personajes, y cuanto nos ofrecen para nuestra particular y extraña evolución, de una diversidad cultural con la que nos identificamos, y tras los cuales adivinamos animales humanos. Como el mismo con el que cargamos cada día y lleva nuestro nombre y es marcado por la misma edad.
Imagina que le llega la muerte leyendo un libro. Que estaba a punto de alcanzar el clímax de aquella trama donde lo qué (el argumento) y el cómo (el estilo) jugaban al ratón y al gato. Imagina que el libro se le cae de las manos y que sus labios pronuncian tenuemente la última frase que dice la protagonista. Imagina que su mirada última ha quedado perdida en dirección a la página abierta. Imagina que lo que pasa veloz por su mente en ese momento no es su vida vivida, como dicen muchos sin que sea posible comprobación alguna, sino que se desata veloz el nudo de la novela que leía. Imagina que alguien le encuentra ya desvanecido del todo y que recoge el libro mientras pronuncia con alarma el nombre de ese lector (tú) que acaba de despedirse de todas las realidades (su vida) y a la vez de las realidades ficticias pero no menos reales (la literatura)
Admírate de que tu cuerpo te siga la corriente. Tú le tratas a veces con indiferencia. Él te corresponde como si su fidelidad estuviera a salvo del envejecimiento. Tú le observas troceándolo con tu mirada. Él no entiende de regiones dentro de sí y responde como única geografía para acogerte. Tú pones el énfasis en aquello que crees que funciona como el primer día. Él reclama que no hagas de menos sus espacios más desconcertados. Tu cuerpo te tiene cariño, pero teme no saber concederte en contrapartida aquella entidad etérea que tu talante risueño aún busca en él.
Cuando las ilusiones exceden a las posibilidades, y principalmente a los hechos, el hombre se arriesga a entrar en el mundo de lo quimérico. Con las quimeras se pierden los papeles. Eres otro que no controlas. Pero adentrarte en ese ámbito arriesgado solo tendrá alguna clase de fruto si se manifiesta el artista que llevas dentro. Pero artistas hay pocos. Individuos demenciados muchos.
En cada una de sus aparentes ausencias laten presencias desconocidas. Piensa: el que fui, el que pude ser, el que no soy, el que puedo ser. Pero a su vez cada presencia se desdobla no solo en tiempos sino también en posibilidades. Que, no obstante, quedan tan solo en ilusiones.
Tener miedo a ausentarse de sí mismo.
(Le resulta curioso comprobar cómo la forma de infinitivo contiene pasado, presente y futuro. Hay algo de potencial en ella que fusiona todas las formas verbales)
Se fue a la cama leyendo a saltos a Marco Aurelio. No al triunfante en bronce a caballo del Capitolio romano, sino al paseante imaginario recreándose en sus villas. "Contempla las evoluciones de los astros y piensa que tú evolucionas con ellos. Piensa continuamente en las propias transformaciones de los elementos. Estas elevadas meditaciones purifican el alma de las mancillas de su vida terrestre". ¿Cómo fue ignorado posteriormente aquel pensamiento avanzado de su tiempo y que hoy sigue en vigor?