189.


Mira el cielo nublado, respira la humedad latente en el exterior y se despereza. Podría ser el comienzo de una buena limpieza en el desván del agónico mundo de ideas que ocupan un espacio inútil en su cerebro.


188.


Mira tu carne, mira tu tiempo, podría ser una máxima inequívoca. Tanto sobre tu pasado como sobre tu presente el cuerpo del hombre define el tiempo inconfundible. Algo de acción recíproca, sin duda. 

187.



Hay quien dice que el enemigo es el tiempo. Entonces, ¿por qué no nos gusta renunciar a él? Porque es el enemigo necesario, sin duda. Sin él no sabríamos de triunfos y no negaríamos, u ocultaríamos, las derrotas.



186.


Se olvida de lo que quiere olvidarse, la mayoría de las veces subrepticiamente, es decir, subconscientemente.

185.


Necesitamos al enemigo tiempo para convencernos de que la vida no es tanto un acto de amor como de supervivencia. Uno solo desarrolla ese sentido de supervivencia cuando ve como enemigo, esto es, contrario a sus intereses, al tiempo. Aunque sea desde el día uno. Hay algo de épica en nuestra visión de la existencia que nos persigue de la cuna a la tierra o al éter.

184.



Dice el Tao que todo lo fuerte es frágil y que todo lo frágil es fuerte. Esto sirve para una montaña, un cauce fluvial, el cuerpo de un ser humano o unas avecillas. El secreto no se encuentra en la relación y el combate entre mundos naturales y especies que los habitan. Más bien se halla dentro de cada uno de ellos. Aunque a veces el enfrentamiento sea inevitable o bien unos se aprovechen de otros, la lucha fundamental está en cada organismo que, a su vez, está formado por otros organismos. Es decir, otras vidas.





183.


Puede entenderse el cansancio de muchos individuos ante la complejidad y dinámica de cambios cotidianos en el universo social. Pero no es el mundo exterior lo que agota, sino el lastre que tienen en su interior. Y de ese lastre el peor de todos es el miedo. Miedo a la inseguridad, a la falta de control desde su reducida individualidad, a la velocidad de lo cambiante, a las palabras. Miedo, sobre todo, a pensar dinámica e incesantemente.

182.


Si las ideas son la visión de las cosas y crees que no aciertas lo suficiente a ver éstas, paraliza tus ideas. Ponlas a hibernar y asegúrate que las ideas están ahí para interpretar lo que ocurre. Nunca  cuanto acontece debe subordinarse a tus ideas. Además, objetivamente daría igual. Pero hay mucha gente que no modifica su visión y lo que es peor, su esquema o método de visión. No trates de condicionar dentro de ti lo que hay fuera, pues será algo estéril.

181.


La libertad de pensar es también la libertad de obligar al pensamiento a que ofrezca espacios donde crezca y proporcione frutos. Un pensamiento enclenque y débil proporcionará escasos bienes al que lo cultiva. No basta lanzar ideas si no se sitúan y después se desarrollan. Como tampoco es suficiente que se desenvuelvan alocadas e imprecisas. Ahí, las palabras prefijadas aturden nuestros pensamientos. Provocan que una palabra anterior se imponga a una idea, cuyo carácter debe estar marcado por el concepto. Nunca por el tópico, ni por el prejuicio ni por lo que se da como correcto por las buenas.
    

180.


Me interesa la libertad como instinto. La reivindico frente a quienes reprimen el instinto. Pero la sujeto como impulso. La sujeto antes de que se vuelva contra sí misma.

179.


Pensar cómodamente, sin agobios. Pero pensar consecuentemente.


178.


Alejarme, alejarme. Todo lo inmediato perturba mi pensamiento. Todo lo próximo lo bloquea.


177.


¿Qué se busca en la recreación de una imagen vivida? Tal vez alimentar otra imagen.

176.


Añade: no solo atrapaba la estación en la noche. Aproximarse a una ciudad provinciana o ir alejándose de ella cuando todavía la velocidad del tren es baja tiene algo de un cuadro de nocturnidad de Magritte. Las luces, las fachadas, las calles, todo está callado y el viajero observa el sueño de la estructura de los barrios. Donde se presume que viven humanos.

175.


Añoranza de aquellos recorridos de ferrocarril largos y lentos. La lectura se rentabilizaba más. Transcurso de los renglones versus avance del convoy. Se ponía el dedo en la página a la que se llegaba la lectura al detenerse el tren en una estación. Muchas estaciones eran en otro tiempo un libro abierto por sí mismas. Había que leerlas en unos minutos y absorber el ambiente pintoresco. Y si el viaje era por la noche el viajero se levantaba, salía a la plataforma y bajaba el tiempo de parada a participar de la madrugada de una estación. Un apunte: nada había o, en su caso, hay tan extraordinario y embriagante como una estación silenciosa en medio de la noche.

174.


El símil le conduce a lo físico. Medita entonces sobre la lectura ferroviaria. No sobre libros de tema ferroviario, que podría, los hay y apasionantes, sino porque se deja llevar en su butaca por el argumento del libro elegido. ¿Cuánto lee de seguido? ¿Cuántas interrupciones no tienen lugar? ¿Se pierde del texto a propósito? ¿Se aparta del viaje de las letras para satisfacer la mirada? ¿Combina observación externa con el desarrollo de la narración? Tanta mezcla ¿no genera un nuevo relato en su imaginación? Un viajero de larga distancia se acomoda perezosamente en su asiento, extiende las piernas, apoya los codos en los brazos de la butaca mientras sujeta un libro donde se cuenta la historia de un viajero que se dirige a una ciudad lejana...Sueña un cuento que empiece de manera análoga antes de retomar una y mil veces la lectura mientras el tren atraviesa llanuras.


173.




Tiene a veces por costumbre detenerse un poco antes de terminar la lectura de una narración sabrosa. Se queda ahí en medio de la vía. Alelado, impávido, risueño, soñador. Como si el semáforo no le diera luz verde y no quisiera llegar al desenlace, esa estación término tras la cual acaso ya no se abrirá jamás otra ciudad, otro paisaje, otro recorrido. 

172.


Hay tantas clases de libros como clases de trenes. De literatura más lenta o de desarrollo más vertiginoso. No hay que medir los libros por la velocidad de sus argumentos, sino por la amable invitación a hacer paradas, como aquellos trenes tranvías cada vez más inexistentes. Sin temor a que se ralentice su avance. Sin la obligación de terminar de leer apresuradamente el relato interesante. 

171.


Qué fructífero ejercicio es leer textos con enjundia del pasado para prevenirnos contra el presente.

170.


Lee también por curiosidad. Por saber cuánto de sí mismo existe en los personajes de las narraciones. Por conocer en qué proporción otros personajes que un autor ha fabricado como frankensteines, con muchas otras vidas reales e imaginarias, tienen parte de él.

169.



Ya lee menos por el interés de una trama que por otras atracciones. Lee, por ejemplo, por cómo se cuenta la trama y cuánto de invención hay en ella que le proporcione la profunda verdad del placer y del gozo.

168.


Creyó tanto en las verdades que éstas casi precipitan sus días hacia el vacío.

167.


Fingir, creernos nuestras invenciones, aparentar que nuestras propiedades de resistencia permanecen casi incólumes. Hacer de nuestros días una caridad de engaños que nos alarguen la voluntad de vivir.


166.


A medida que avanzamos en edad la dirección deseable se nos presenta más opaca. La ineludible, más nítida. Pero nos resistimos a aceptar la verdad, porque vivir es ante todo una práctica de ilusiones y fantasías. El método reflejo para mantenernos en pie.


165.


Alguien me dice esta mañana ante los avatares inciertos y las circunstancias dudosas: vamos a intentar mirar más allá, aunque no sepamos dónde. Es obvio el intento, si bien no siempre nos damos cuenta de que la dirección se suele presentar difuminada. Incluso desde nuestros años jóvenes mirar más allá fue siempre un ejercicio de ficción. Solo que entonces lo llamábamos planes o proyectos.   

164.




Soñar a golpe de extrañeza.

163.


Soñar para alimentar la mitad de la vida.


162.



¿Imaginamos cómo nos iría si antes de echar mano del maldito y letal recurso a la violencia -entre personas, entre pueblos, entre Estados- echáramos mano de la narración? Obviamente la muerte nos acabaría matando antes o después, pero no por desamor sino por aburrimiento. Porque no sabría hallar motivo, salvo nuestro propio y longevo agotamiento.


161.



Y vuelvo a encontrar otra cita de mi admirado Canetti. "Narrar, narrar, hasta que nadie muera. Las mil y una noches. Las millones y una noches."  La gran metáfora de la literatura universal, no importa si llegó desde lo persa, luego lo árabe, es la gran fórmula. Combatir con literatura, es decir con invención, la muerte y cuanto la causa.    

160.


Elías Canetti: "Mientras escribo me siento (absolutamente) seguro." Casi me dan ganas de apoderarme de la frase. Voy a ser más modesto: mientras escribo me siento. Pero puede ser un buen ejercicio la introspección acerca de lo que siento que me hace sentirme a mí mismo.


159.


Lo malo de soñar con amigos o familiares muertos es que estos te abandonan dos veces. Y te das cuenta al despertar que vuelves a reclamarles sin que el señor de los inferni te los devuelva. Eso sí, agradeces un día más que Caronte no te haya ofrecido sus servicios ni en sombra. 

158.


Ni en sueños se pierde el sentido arraigado del ego. ¿O todavía es más profundo ahí?

157.


Qué peculiares son los sueños. En los de la pasada noche vuelve a ver y a estar con dos amigos muertos. Qué amenas conversaciones. Cuántas preguntas y propuestas. Es lo bueno de los sueños. Que hablas a y con los muertos. 

156.


No es conveniente hablar del caos del Universo, cuyas leyes no son coincidentes con las nuestras. Más bien hay que circunscribirse al caos que las sociedades han generado. Que todo animal, de cualquier especie, y ahí el hombre no es algo diferente, está dotado de una tendencia natural que llamamos agresividad, es un hecho. Pero la agresividad para la lucha por la supervivencia es más fácil de explicar que la agresividad de las ideas que emponzoñan las mentes humanas. Hay algo de gratuito en el ejercicio de la agresividad humana. Sin embargo el tema es por qué se sienten amenazados unos hombres por otros tras tantos milenios de supuesta cultura y civilización.
  

155.


Explorar los orígenes y persistencia del mal en el interior de los humanos me lleva a la pregunta: ¿tendrá que ver el mal con el caos del Universo? Sin embargo el caos ha generado vidas, no se ha limitado a destruirlas. Pero el mal humano ¿a dónde conduce sino a la autodestrucción?

154.


Todos los días acontecen tantas cosas por encima de nuestras cabezas sobre las que no podemos decidir ni estamos capacitados para asimilar ni desviar siquiera su rumbo. ¿Hablo del destino? Palabra metafórica y literaria como pocas desde el principio de los tiempos orales y escritos. No la quiero pronunciar para no sacralizarla como suelen hacer muchos. Ni para hacerla propia. Hablo simplemente de la complejidad que nos desborda.


153.




¿Equidistante entre dos puntos? Siempre resistiendo ahí, fantaseando con que no se mueve. Pero la geometría de los cuerpos abstractos no respeta la sinuosidad de los cuerpos perdurables. Desgaste. Piensa más bien que no sabe ni dónde empieza ni dónde acaba. La cronología de una vida solo es una cuestión administrativa. Su mundo permanece profundo y sale a mirar para ampliarlo. Es y será siempre la viva imagen del caracol.



152.


Se imagina como el punto medio en un ejercicio de fuerzas de la soga tira. Conmocionado por la presión de dos gigantes que tiran de él sin que ninguno de ellos se lo lleve. ¿Será por esa razón por la que su cuerpo aparece pesado y oprimido en el indolente retorno a la conciencia de un nuevo día?

151.


Espacio entre el sueño profundo y el despertar desgarrado y lento. ¿Cómo podría denominarlo? ¿Cómo comprenderlo? No sabe a quién acudir, no pudiendo retroceder, no sabiendo avanzar. Parálisis en un terreno neutro donde no es nadie.

150.


Extraña sensación nocturna en que los sueños resultan ser su verdadero mundo (todo) y que cuando despierta ha perdido algo (todo)

149.


Emulando al de Hipona: Duda y haz lo que quieras. Al repetirlo me doy cuenta de que la sintaxis ofrece una perspectiva falsa. Si dudas no podrás hacer lo que quisieras, sería la expresión empírica correcta. No se te va a permitir, no te van a conceder, no tendrás espacio. Rehago la frase: duda y piensa lo que quieras, aunque el pensamiento se aborte en tu interior. Nihilismo.

148.


¿Tener certeza de que tengo dudas? Una interesante solución de compromiso.

147.


Me enorgullezco de mis dudas, aun sabiendo que mi bando es el eterno purgatorio de los perdedores.


146.


Una frase de Charles Bukowski me sale al paso. El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente ignorante está llena de certezas. ¿Será esa la explicación a la devastadora gobernación de los torpes, que padecemos por doquier?

145.


Las calles y plazas de una ciudad están repletas de elementos que atraen la curiosidad de un niño. No hay nada más entretenido para él que mirar y más si es inducido a mirar. Las miradas siempre se convierten en preguntas, que siempre conducen a nuevas miradas y, por lo tanto, a nuevas preguntas.


144.


Me la apunto como la frase del día, escuchada al vuelo. Un niño que va de la mano de su padre exclama al aproximarse ambos a un árbol frondoso cuyas ramas llegaban hasta el suelo. Mira, papá, un pino. Su padre le corrige con suavidad: no es un pino, es un tejo. El niño repite, en un alarde de concentración natural: es un tejo. ¿No estaba siendo todo un tratado del aprendizaje y de las ganas de aprender, probablemente los dos?


143.




Hay un modo de poner coto a los pensamientos melancólicos y a los deseos perversos sobre la muerte. Entregarse a los colores. Ellos expresan más que las palabras. Afinan más que los argumentos. Penetran más que las formas. ¿Y si a la muerte se la pintara de colores?

142.


Nunca entenderé que haya tantos humanos que invoquen la muerte. Y que constantemente trabajen en aras de su victoria.


141.


Descalificad lo que queráis a la muerte. Ella no se dará jamás por enterada.


140.


Iban a hacer el bien y se han encontrado con la muerte, dice el amigo de uno de los fallecidos que pertenecían a cierta ONG en un accidente en India. Como si la muerte supiera de ética. Como si la muerte eligiera sus víctimas en base a las conductas humanas. Como si a la muerte le importara la bondad o la perversidad. Como si la muerte se rigiera por principios de justicia. Si los que hacen supuestamente el bien estuvieran exentos de la muerte, ¿existirían malvados en el mundo?


139.


Algunos suelen contar que escriben para conocer mejor a los hombres. Cuando escuchas esto, enmudeces y haces un ejercicio de enarcar las cejas, como si reconocieras implícitamente la sabiduría de tu interlocutor. Y pensar que yo solo lo intento para imaginar mejor a los hombres, exclamas en tu interior perplejo.

138.


¿Escribir para llegar a una parte ignota o para retener de alguna manera lo vivido, justo lo que el tiempo ya no te va a conceder?

137.


Hay individuos que buscan un camino. Hay quienes persiguen un guía o maestro. Hay quienes se apuntan a un corpus de fantasía y los que precisan la estructura de un número que proporcione seguridad. Tú, anciano caracol, ¿qué pretendes conseguir con el enredo que te define a cada paso escurridizo que das?



136.


Escribe como defecas: para tu propia satisfacción (Esta ocurrencia podría complementar la cita de Wallace Stevens que aparece como icónica en este blog)


135.


Da rienda suelta y canalizada a cuantas sustancias sobrantes debes evacuar y habrás recorrido una buena parte del sentido de tu existencia. Sin esa regla ni Platón, ni Lutero, ni Newton, ni Voltaire, ni Einstein habrían hecho llegar a la humanidad su talento discutible. Nunca sabremos, por otro lado, cuánto deben las ideas de cada cual a un correcto o deficiente funcionamiento de sus cavidades varias, en particular de sus intestinos.


134.


Observad que el cuerpo es un ente productor. Una máquina misma, podría decirse. En una cierta parte, de energía. En buena parte, de detritus, emitidos por innumerables conductos cuyo vaciamiento nos da idea de cómo funciona la empresa cuerpo.


133.


¿Dónde empieza tu espiral secreta, caracol anciano?


132.



Imagina y no des explicaciones a nadie.


131.


Nada más lejos de pensar que la imaginación sea la planta adormidera. Sirve para aplacar en ocasiones, pero, sobre todo, para fecundar nuestra capacidad de decisión creativa.

130.


Si hay cita a ciegas que no defrauda nunca ésa es la imaginativa. En nosotros está desarrollar luego su mundo de compensaciones que, desemboque o no en lo onírico, proporcionará el bienestar circunstancial que necesitamos en las horas bajas.


129.


Imaginar para no perecer.


128.


Toma, lee, mira, escucha. Percibe las cosas con la duda de si serán ciertas. No temas imaginarlas, si para ti es un recurso saludable. El efecto placebo de la imaginación discurre por los canales más ignotos de nuestro cuerpo.

127.


Distinguir lo que hay de sincero y lo que hay de falaz en las palabras.  De las ajenas y de las propias. ¿A través del ejercicio de la razón? Pero también por la intuición y sobre todo por el flujo constante de la imaginación. 

126.


La imaginación desarma al adversario. Pero también suele confundir al amigo.

125.


Parte de las cosas que se dicen y hacen, sobre todo desde instancias de gobernación y de autoridad, son inseguras, visionarias y engañosas. Sin embargo, ¿por qué depositamos tanta fe en ellas? O simplemente, ¿por qué las acatamos sin queja?


124.


Muchos temen a la imaginación. ¿Tan poco confían en ella?


123.


Encuentro casual entre amigos. Qué próximos (aparentemente) Qué apartados (de hecho) 

122.



Se pregunta de cuántos rostros está dotado el arte. Cuánto de rostro descarnado y cuánto de máscara hay bajo la epidermis formal de la creación artística.

121.


El arte como publicidad. El poder de las imágenes viene desde el principio de los tiempos no tanto para iluminar las mentes como para sujetarlas a las intenciones de los mismos patrocinadores del arte. 



120.


El arte como objeto a manipular. El arte como sujeto de insumisión.

119.


Pero el arte, ¿no es consecuencia de todo aquel mundo simbólico que va de la magia a las creencias animistas, y de los mitos a las representaciones religiosas modernas, y de las concepciones teológicas a nuevas visiones laicas del alma humana?  Acaso, pero trazando siempre un perfil autónomo y rebelde, la estética, más allá de las ideas que cundan en cada tiempo.


118.


Los seres imaginarios laicos arrastran todavía mucha impronta de los mitológicos y, en concreto, de los religiosos. Tienen encanto mientras manifiestan una traslación literaria y, en general, de expresión artística. Son perjudiciales cuando esas connotaciones cuya irracionalidad tanto nos seduce en la contemplación creativa se proyectan para adecuar la organización social, controlar las pautas colectivas e incidir en la conformación ideológica de los individuos. 

117.


Que lo que razones no lo impongas nunca a los otros. Primero piénsalo dos veces, para poner a prueba la razón y el razonamiento. Después, deja que el otro acepte o no tu propuesta. Probablemente él necesite un tiempo diferente para asimilar, simplemente porque su ritmo es distinto, su capacidad de asimilación más lenta y su estómago intelectual tenga otra contextura.
  

116.


¿Cuánto es tangible y cuánto imaginado, o deseado, en las horas vividas cada día? Computarlo y medirlo nos asombraría. Hagamos la prueba.


115.


Que lo que imagines no lo impongas jamás a los otros. 

114.


No te apoques si lo que escribes es imaginario y te apetece creer en ello. También es parte de tu autobiografía.

113.


El ser humano se ha rodeado de seres imaginarios a lo largo de toda su historia. Antes porque los necesitaba para sostenerse en medio de tantas adversidades. Hoy para no ceder a la abulia. Y siempre para gozar de la recreación. A través de lo imaginario el humano mortal se genera por una segunda vez.  En esta ocasión como producto imaginario de sí mismo. 

112.


No me puedo permitir un dios. Sería una frivolidad a estas alturas.

111.



¿Quién dijo torpes? Controlan los gobiernos los más listos. Los gestores próximos no suelen ser sino mandados. Refrendados por otros mandados, nosotros, de estamento inferior. Nuestros gobernantes visibles son como mucho cachicanes de la finca o pastores de rebaños. A los verdaderos hacedores de las vidas humanas y sus destinos apenas se les ve desde nuestro ángulo de la geometría social.

110.


Una voz en off con sorna, ante mi comentario anterior: prueba a ver si tú lo haces mejor, listo. No. Precisamente porque soy consciente de mis deficiencias no me metería en camisa de once varas. Es decir, a gestionar lo ajeno. Tampoco me apura ansia alguna por creerme importante ni para ingresar en el gremio de los vanidosos ni los influyentes. Mucho menos por aprovecharme de la coyuntura pública para sacar provecho personal, que es lo que se lleva.

109.


Nos gobiernan siempre los ignorantes, sin duda. Si bien ellos no admiten que lo son. Controlan amplios espacios, gestionan territorios complejos y disponen de abundancia de mecanismos no aprovechados correctamente, todo ello respaldado por resultados electorales relativos y estrechos. El resultado suele ser la incapacidad para resolver. Incapaces de reconocer sus deficiencias la gestión pública está cada vez más abocada a la ausencia de resultados beneficiosos para el común. A éste, el ciudadano de a pie, solo le queda el desasosiego y  la impotencia de tener que soportar tanta mediocridad.

108.


Hartazgo a causa de escuchar constantemente el mantra obtuso de que si energía positiva o que si energía negativa. Fruslerías. No hay más que una clase de energía. La misma que generamos o que desechamos. Como mucho se trata de la misma energía que se utiliza para obtener el bien y que se desencadena para perjudicar. 

107.


Planeamos con el máximo de datos lo que vamos a hacer los días siguientes. La voluntad con que tratamos de corresponder a las previsiones no siempre es premiada con el éxito. La vida cotidiana es un constante ejercicio de levantar y desalojar pequeñas cabañas de intenciones.

106.


Falso dilema. Por una parte el pasado es un estado de pérdida, para siempre. Por otra, el futuro no es un estado real sino como mucho probable. Vivimos en un dilema equívoco entre dos nadas. Nuestros salvavidas son el recuerdo, en un caso, y las previsiones, en otro. Y siempre, la espera.



105.


Quienes recurren machaconamente a la exaltación de sus raíces, ¿no será que desconfían de su futuro?

104.


Desprecia a quienes evocan la muerte. Detesta a los que la invocan.

103.


En parte te explicas por tus raíces, pero ¿en qué parte de ti se reconocerían tus raíces?

102.



¿Dices que quieres crecer sin romper con tus raíces? Muchos lo han intentado, pero solo han hecho de su vida un manojo de raíces mayor. 


101.


El paisaje es siempre ilimitado. Pero el cansancio limita al viajero que contempla el paisaje y quiere seguir disponiendo de él.

100.


¿Eran todas las costas que Odiseo divisó, y en las que recaló, su costa? Lo eran, sin duda. Nunca hay una sola meta. Mientras las recorrió supo que para el navegante audaz no hay principio ni fin.

99.


Miente (se miente) porque las palabras le parecen a veces muy gruesas. Debería aceptar que el naufragio es algo probable cuando la navegación se impulsa en exceso y no se endereza el rumbo. Demasiados vientos, unos cuantos monstruos y poco conocimiento del calado pueden provocar la deriva fatal. Cuando tampoco se tiene claro hacia qué costa dirigirse el náufrago se aferra a cualquier costa. Luego ya se verá.

98.


Demasiado optimista, dice no creer en los naufragios. Si nunca fue náufrago ¿por qué iba a sentirse tal a estas alturas de su vida? Su otro yo le susurra: ve a saber lo que vendrá.

97.


¿Al pairo del azar? Por qué no. Que los vientos soplen y le lleven a costas desconocidas.


96.


Prefiere la geografía de los cuerpos. No tanto la visible como la oculta. Aquella cuya capacidad por la sorpresa destaca su admiración irresistible.

95.


Prefiere los accidentes geográficos a la geografía de las naciones.

94.



Aquel hombre hablaba tanto y tan constantemente de la muerte porque pretendía desprestigiarla. Así la voy demorando, aclaraba, porque ella me escucha. Según iba haciéndose más viejo sus amigos, los que iban quedando, le decían: lo estás consiguiendo. Y él, ufano, respondía: y si es posible pretendo abolirla. Se pasó la vida entera en el empeño. Si al principio criticaba con cierta corrección a la muerte más adelante no dudó en denigrarla, actitud asombrosa que a la muerte, que le oía siempre, le producía gracia y la vez tristeza, pero que siempre la descolocaba. Desaparecieron todos sus amigos y gran parte de familiares de su edad, y él no cejaba. Consciente de tal esfuerzo meritorio, la muerte, sabiendo que no podía hacer una excepción, le premió con el mejor de sus rostros. Cuando agonizaba el hombre, con una sonrisa, alcanzó a decir a la muerte: te he vencido. Admirada de la inocente soberbia y de la entrañable resistencia del hombre, la parca le premió con lo que algunos llaman la buena muerte. Cuentan que la muerte, que no tiene sentimientos, aquel día lloró.


93.


Aborrecí siempre las disquisiciones con conclusiones equívocas acerca de la muerte. Las practicaban en demasía los clérigos en sus admoniciones espirituales. Ejemplos muy ilustrativos, convenientemente manipulados, para generar angustia. A cambio ofrecían la iniquidad de la promesa de su falso cielo. Creo que aún se practica ese subproducto del artificio en diversas religiones.

92.


Es fácil y cómodo parlotear sobre la muerte. Siempre es una ficción. 

91.


A veces pienso si no será la muerte la que nos hace sobrevivir, y no la vida en sí misma. No se explica, si no, el historial de violencia de la humanidad y cómo unos seres se erigen en supervivientes sobre los cadáveres de los demás. ¿No es lo mismo que acontece en las otras especies animales?


90.


Vivimos aferrados a un sentido de propiedad extrema sobre la vida. Nada que objetar. Sin embargo incurrimos en la contradicción de maltratarnos a nosotros mismos, de perjudicar a otros y de llegar también hasta el extremo de arrebatar ese derecho de propiedad a quien se nos ponga por delante, llegado el caso. Normalmente, esta tropelía última la mayoría de los individuos la ejercitamos por mediación. Delegando. A través de una guerra, para la cual damos carta blanca a los más infames de nuestra sociedad.


89.


Nunca he sabido por qué tenemos que hacer uso del lenguaje, del pensamiento o de la razón, mecanismos todos útiles en y para la vida, para justificar un acontecimiento que no necesita ser explicado. Es decir, nuestra desaparición. Sin más.

88.


No hay nada cierto en que alguna vez, después de morir, seamos otra cosa. La materia única que fuimos mientras existimos muere con nosotros. No hay más. Si nuestros restos, adquieran la forma que adquieran, dan lugar a nuevas combinaciones con la naturaleza a mí me da igual. Eso no implica que yo sea un nuevo ser. No hay segundas oportunidades. Ni falta que hace.

87.


Ignorar la muerte es desconocer la vida.


86.




Armonía corporal: cuando los sentidos y la conciencia juegan la partida de la levedad.

85.


Creemos ser jefes de nuestro cuerpo cuando no somos sino frágiles siervos.

84.


Cómo entienden las bacterias que regulan el otro corazón del hombre, el sinuoso y subterráneo, antes de que proceses el razonamiento y controles tu inquietud.


83.


Esa capacidad de comprender con sinceridad y en todas sus dimensiones el mundo que te afecta reside en tus intestinos.

82.


El primer ejercicio de pensamiento del día se expresa con las tripas. Mi otro yo, celoso guardián de la mente racionalista: ¡blasfemo! Yo, justificándome: son las primeras que detectan el día que va a venir antes de que el hombre se ponga en marcha.

81.


El pensamiento, feliz e impuro transeúnte del silencio. El no pensamiento, sumiso esclavo del ruido. Que me perdonen los budistas mi antitética interpretación.



80.


Desenmascarar el ruido, es decir las filosofías huecas, los principios comúnmente admitidos, los dogmas y demás secuelas de las doctrinas religiosas, la hojarasca laica, la costumbre y la tradición tan sacramentadas que bloquean cuando no impiden el fluir del silencio. Pero, sobre todo, desenmascarar la publicidad arrasadora y extensiva de nuestros días.

79.


Lamento desilusionar. Los sueños tampoco son el silencio que urgimos. Acaso ni siquiera un sustituto. Los sueños son la continuación del ruido exterior.

78.


¿La muerte como auténtico silencio? No tiene mérito, no vale. Ya no se da la instancia humana. Para que el silencio tuviera valor debería darse en el organismo, no ignorando definitivamente el cuerpo.


77.


Hay quien trata de aproximarse al silencio como retención y, en un esfuerzo por sublimarlo, como perfección. Qué retiene y qué percibe perfecto dentro de sí, cuando es un hecho que no para ninguna de las funciones vitales, es un enigma.


76.


El silencio, producto siempre de nuestra imaginación. Una imaginación, no obstante, necesaria.

75.


El silencio es la emulación del vacío. Pero ¿qué garantía tenemos de que el verdadero vacío, el del cosmos, no sea ruidoso? En ese caso y ante la duda limitémonos más bien a pensar que el silencio es simplemente la simulación del vacío.


74.




Hartura de la politiquería, innoble sustitución -prostitución- de la Política.


73.


¿Cómo? ¿Que crea en los símbolos? Los símbolos son la caricatura de los ídolos. Si no quiero adorar a estos, ¿cómo podría hacerlo sobre unas representaciones deleznables?

72.


Urgencia a medida que avanzamos en edad: evitar el vaciamiento de la capacidad de emocionarnos.

71.


Leer, escribir, por elemental placer y compensatoria satisfacción. Huyendo de las obligaciones, rechazando lo que no nos pida el cuerpo mental. Sentir que habitamos junto a lares protectores. Dejándonos incentivar por el fuego que se genera naturalmente.


70.


Sé del caso de un adulto que muriéndose de verdad no quería creérselo y sacaba energía de la que carecía. ¿Trataba de seguir la dialéctica del juego infantil pero a la inversa? Feliz rememoración si le fue útil. Bendita emulación si murió de verdad como si aún jugara a vivir.


69.


Juego inquietante. Hacerse el muerto ponía a prueba la capacidad de representación ficticia de los niños. Mientras uno se hacía el muerto los demás montaban una escenografía de llantos o de preocupación, ¡ejecutaban el drama! El problema venía cuando se traspasaba cierta frontera. Había un niño que lo hacía tan bien, que mantenía rígido todo su cuerpo, que contenía la respiración con tanto arte, que resistía las cosquillas, que no movía un músculo facial, que se volvía más pesado e inerte cuando se le decían chanzas primero y se le zarandeaba después para que saliera del falso éxtasis, que lograba preocupar y causar desasosiego y llantina a algún que otro chico o chica que participaban en el juego.


68.


Juego de infancia. Hacerse el muerto.

67.


La palabra y el lógos deben (deberían) ser siempre muy sensoriales. Que lo que escribamos y, por supuesto, cuanto leamos, sean cada vez más efecto de nuestros sentidos, una derivación de los cuales es el discurso, la reflexión racional o simplemente emitir opiniones de manera instintiva.

66.


Valora del autor aquella parte que te alimentó de cuanto escribió. Descubrimiento de otros mundos, aprecio a otras culturas, sentido permanente del ejercicio de la crítica, valor moral de la disidencia. Si todo ello aún sirve para la introspección sobre la vida contemporánea, en tiempos en que todo se reduce cuando no se aniquila, estímalo y siéntete a gusto.

65.


Noticia de la desaparición del escritor octogenario que vivía en Marrakech. Uno de los pocos autores que quedaban vivos, si es que aún queda alguno más, de los que has leído durante toda tu vida. Pregúntate qué aprendiste de lo que escribió. 


64.



Ejercicio sin prisa que me impongo: reflexionar con más receptividad y precisión sobre el alivio que pueden proporcionar algunas personas ante el fin de la vida.

63.


También he escuchado relatos de mujeres que habían sido enfermeras en la guerra a las que recurrían los moribundos para recabar la ternura maternal imposible. La ternura ausente reclamada a mujeres desconocidas poco antes de morir. Y aquellas mujeres siendo capaces de conjurar la miserable situación final de los heridos en su estertor.

62.


He oído a personas nonagenarias en situación ya cercana a la muerte invocar a la madre.

61.


Todos los ídolos tienen los pies de barro (Símil. Estén hechos de mármol, de forja o de madera noble, o de idearios y catecismos abstractos) Sólamente hay uno que cumple su cometido con total constancia y proporciona máxima seguridad: la madre. Si de los ídolos de poca monta se esperan milagros o dones que no suelen obtenerse, de la madre cabe la salvación. Es el verdadero puente e interlocutor con la naturaleza, la exterior de la que procedemos y la que se genera y desarrolla dentro de cada uno de los hombres.

60.


La madre, el primer tótem que adora sin remilgos el individuo nada más nacer.

59.


Oigo hablar con frecuencia del efecto placebo (de medicamentos, de pseudomedicinas, de recursos mentales varios) Para efecto placebo seguro el primer afecto recibido de la madre (ternura, cuidados, protección)


58.


¿No sería más atractivo escuchar del otro que siente como tú sientes? No siempre sabemos distinguir pensar y sentir. Intuyo que sentir como el otro todavía es más complicado, pues el mundo de las sensaciones no se nutren del razonamiento.


57.


Abandono por cansancio a pensar como piensa el otro. Tan retorcidas son las cuestiones que nos inquietan.


56.


Resistencia a creer a aquella persona que dice pensar como tú. Cada tema y argumento están repletos de derivaciones enmarañadas con las que no sabríamos y probablemente no podríamos identificarnos. La pregunta correcta sería entonces: ¿en qué parte de la urdimbre pensamos de la misma manera?



55.


Escribir para nuestra propia prospección. Dejar que el lógos habite y crezca en nosotros. Eso sí, con toda su impedimenta de emociones.

54.




La vida ordinaria nos trasunta a todos y cada uno en cierto modo en personajes ficticios. Hay un papel, una tramoya, un escenario, un atrezo, un vestuario, un maquillaje y un patio de espectadores, más o menos abundante, alrededor. ¿Que es al revés? ¿Que el teatro copia de la cotidianidad y reproduce con tintes variados su desarrollo? No estoy seguro. Nos gusta sentirnos personajes aun sin que no nos reconozcan como tales. Reproducimos la vida dos veces. Por la inercia de sus acontecimientos y como farsa.

53.


Que no soy un personaje de ficción es obvio y fácilmente demostrable. Pero ¿por qué a veces me lo parece?


52.


Descubrir con asombro en un libro pendiente de leer la dedicatoria afectuosa del autor. Con una frase sintetiza el argumento. Descubre de qué va. ¿Incita a la lectura o desplaza el interés? No tiene mayor importancia. La aparición del nombre del dedicado -mi nombre- hace creer que la novela no se había terminado en la última página. ¿Seré de esta manera un personaje añadido más?

51.


Sobreaviso acerca de la tendencia y riesgo a vivir más las palabras que aquello que designan las palabras.

50.


Esa persona que se resiste a responder a nuestras preguntas curiosas. Que tal vez tema revelar de sí a un desconocido lo que éste considera insignificante pero que el interrogado ve como parte de su peculiar mundo a preservar. 


49.


Pasamos de la escasez a la abundancia en el uso de la palabra y luego nuevamente retornamos a la parvedad. Hasta que recalamos en ese justo punto, en expresar únicamente lo necesario. Buscamos que la palabra diga -acierte- en su adecuada propiedad. Aunque no lo consigamos.


48.



Gustar de palabras concisas, como si todavía fueran gestos, sensaciones. 


47.


Lejos todavía las palabras que enuncian conceptos, y no solo cosas. Ya llegarán envueltas en la bruma y en la dificultad de distinguir su senda. Arduo esfuerzo que el niño tendrá por delante para saber qué quiere decir aquello que es intangible, que no se toca ni se deja tocar.




46.


Las primeras palabras de un individuo al cabo de un tiempo de nacer son de utilidad. Para pedir y para comprender al que pide y lo que pide. Cuanto más precisas, más valiosas, y más cómodas para todos. Pero su concreción no siempre es lineal, de una dirección única.  A partir de ese descubrimiento el niño que se va haciendo menos elemental se confunde. ¿Que las palabras tienen más de un rostro? Saber ver y encontrar las palabras adecuadas es un juego, también una batalla.

45.


Tener más edad, mucha edad, y seguir hablando instintivamente. Como si se hiciera por primera vez.

44.


Admirable sencillez de aquellas palabras que nos enseñaban para designar objetos, personas, lugares. Atención: la sencillez no implicaba simplicidad más que en la mente del niño. Los lugares eran intrincados muchas veces, las personas difíciles y los objetos complejos. Los ojos de un niño tan solo veían una cara de la geometría de la vida. Ésta demasiado poligonal y cargada de aristas afiladas como para que un niño pudiera distinguir y menos calcular su dimensión. 


43.


¿Cuándo empieza un individuo a distinguir las palabras? Pregúntate más bien en qué orden se van conociendo y, principalmente, con qué intención.


42.



Las primeras palabras. ¿Qué fue de las primeras palabras?


41.


Antes que la palabra fue el gesto. La cría no necesita sino la actitud gestual para sujetar la teta materna. A veces, si no es atendido cuando lo requiere, reclama con frágiles pero intensos sonidos guturales. Un gesto que pide exige otro gesto que da.


40.


La palabra es también, o sobre todo, hija de la necesidad.


39.


Preguntarse sobre el valor de las palabras emitidas. También sobre el de las palabras pensadas. Comparar. Obviamente podría enfocarse de otra manera. Preguntarse sobre el interés de los pensamientos pronunciados, también sobre las palabras que no pasaron de ser más que pensamientos.


38.



Aquella vez que enseñamos a hablar a nuestros pensamientos.


37.


Palabras que se pronuncian y palabras que se ocultan en nuestro interior. ¿Cuál de las dos clases sufrirá más desgaste?



36.




¿Un diario de fragmentos? Más bien un diario de ráfagas. También a saltos; no siempre la claridad llega por el destello.


35.


La invención, ese mundo paralelo donde sentimos con intensidad análoga al que nos llega por inercia física. En ocasiones con dificultades para distinguir en cuál de ambos vivimos más ubicados, y sobre todo con dudas sobre cuál de uno u otro necesitamos más.

34.



Escribir de uno mismo, siquiera como si fuera imaginado. Al fin y al cabo vivimos tanto o más lo fantaseado que lo sentido.


33.


Se supone que un diario debe ser una relación de hechos. Incluso de los soñados. Pero ¿y si lo es de percepciones y, dándose el caso, también de intuiciones? ¿No valdría como diario?



32.



No hay mensaje más provechoso que el que se sugiere.


31.



Diálogo (probable ¿y jocoso?) de neuronas sobre la actividad de mensajería del móvil que se trae un usuario común. Una: ¿cuánto has tenido que trabajar hoy? Otra: moverme en múltiples direcciones, bastante, pero no sé para qué. Una: ¿crees que el individuo nos lo agradecerá? Otra: nosotros cumplimos la función, pero dudo que nos la reconozcan. Una: ¿no te sientes agotada? Otra: sí, pero aunque perezca no me preocupa, habrá compañera que me sustituya. Una: ¿te parece que el usuario sabrá más? Otra: no, todo lo contrario, delega demasiado en el instante y margina el tiempo con el que podría afirmar su pensamiento. Una: que lo veamos nosotras más claro que él ya tiene mérito. Otra: que él no se entere del desperdicio de sus horas y de lo desocupado que tiene su espacio da pena. Una: bueno, nosotras a lo nuestro. Otra: sí, lo nuestro es mover constantemente la capacidad de iluminar el cerebro del hombre. Una: no somos responsables de que el hombre no sepa utilizarnos. Otra: en absoluto, estaría bueno, que el tipo se apañe y que si le faltan luces reclame al maestro armero.

30.



Quien ama desmesuradamente el mensaje rápido, perece en él. (Me salió un refrán de cristiano viejo acerca del peligro, lo cual me hace pensar en cuánto perseveraban los refranes y qué efectivo y largo era su recorrido, que diríamos ahora)


29.



Abundancia de mensajes compulsivos a través de los actuales medios tecnológicos. Todo el mundo se mensajea. Pocos escriben.

28.



Tiempos estos de mensajes fugaces por doquier. Que no se consolidan.


27.




Gustas de los consejos a tí mismo. Que la carrera que te aliente no sea nunca la huída. Por ejemplo. Pero ¿es posible avanzar sin huir? Cualquier clase de apartamiento o lejanía de lo anterior tiene tanto de huída... 


26.



El hombre siempre en expansión. Aunque sus perfiles físicos engañen y pretendan que se recoge sobre su más íntima sustancia.


25.



Leer para tener más mundo, ¿expresión demasiado ambigua o excesivamente reduccionista? Si bien ¿es que acaso saber y mundo pueden reducirse?


24.



No siempre hay una relación de causa a efecto entre lectura y escritura. Los vasos comunicantes a veces no funcionan. Acaso porque el flujo que circula no es homogéneo. O porque el recipiente hombre no es el adecuado. Creemos leer para tener algo más de mundo, pero apenas sabemos para qué escribimos. Algo está claro. Si las dos funciones resultan fundamentalmente naturales ya es bastante. Consideremos ambas como una proyección fisiológica de nosotros mismos que, aunque no nos la expliquemos, debe funcionar para una cierta suerte de mantenimiento y, sobre todo, de supervivencia.


23.



El hombre que escribe también mata (o es capaz de ello)


22.



Escribes, luego apenas lees.


21.



Pensar con sensaciones y, si es posible, con sentimientos. Para probar el amargo, pero también nutritivo, sabor de la insensatez. 


20.



Pensar con idas y venidas, vueltas y revueltas, negaciones de la afirmación y afirmaciones de la negación. Troceando el método que no te satisface.


19.



Pensar a saltos. Que nadie pueda decir que alguna vez elaboraste una doctrina.  


18.



Pensar en fragmentos. Sin prisa por obtener un discurso.


17.



Cualquier otra especie aprende a vivir en menos tiempo que la humana. ¿Será que no acabamos nunca de aprender a vivir?


16.



Desde que se nace te dicen que las instituciones, en cualquier cultura, están para enseñar al hombre a vivir. Verdad a medias. El humano aprende tanto o más con el conocimiento que él mismo genera rebelándose que siguiendo los pasos marcados. La contracultura no se importa. Fluye paralela a lo que pretenden las instituciones.





15.



La vida, ese juego con el que el caos se entretiene.


14.



Tantas preguntas que quedaron sin hacer. Tantas respuestas pendientes para siempre. No supimos, no nos interesamos, no percibimos la necesidad de acudir mientras vivieron a los que ahora no están. 


13.




Leer. Leer siempre. Para aprender de nuevo a leer.



12.




La mayor parte de acontecimientos o sucesos aún no han revelado su porqué.

11.



Hay quien presume de verdad, incluso recurriendo a la trayectoria histórica. Durar no significa garantizar verdad alguna. Nunca existió la verdad. Solo las informaciones unilaterales. 



10.




No preocuparse por los sueños que se tengan, por muy enrevesados o asombrosos que sean. Temer más bien la carencia de sueños.



9.



Ser de esta tierra no por mera ubicación, ni pertenencia, ni idea, ni cultura, ni sentimiento. O como mucho por sentimiento. Pero sobre todo por afección.




8.



Presencias que se fueron y a veces, siquiera en los sueños, retornan.



7.





Buscar la materia atravesando el disfraz, la distracción, de las cosas.


6.




El modelo y la repetición. Sea cual sea el estilo, todas las caligrafías son también método. Al cabo de los años nos queda una brizna de estilo, en el mejor de los casos. El método pereció muy pronto. O se reencarnó en otras disciplinas.


5.


Las circunstancias del emborronamiento al escribir caligrafía siempre fueron un secreto de cada aprendiz de escribiente. El temple, la forma de situarse sobre el pupitre, el sentirse observado, la concentración que se debatía entre el cuidado por los trazos y la disposición de no perder la linealidad, eran elementos que condicionaban la escritura incipiente. El borrón no era ajeno, sino parte del riesgo. Hemos aprendido con chapones y rompiendo hojas de cuaderno. Conclusión: el error, el fallo o el desliz, elíjase la modalidad, nos obligaba a superarnos. Si unos lo conseguían y otros no era parte de las propiedades del individuo, entre ellas la concepción espacial de cada cual. La riña o el castigo inmediato no solucionaban. La observación prudente del profesor o el padre aliviaban y, consecuentemente, nos permitían la corrección positiva. Pero, ¿cuántos de nosotros fuimos comprendidos y estimulados? 



4.



Solo aquel que escribía a mano sabía quién estaba detrás de su propia letra. No me refiero al hombre aparente u obvio, o a un nombre o a un número, sino al que realmente era: el que titubeaba, el que temblaba, el que se esforzaba, el que se recreaba, el que abandonaba. Las primeras caligrafías de un niño definían un individuo haciéndose interiormente. Porque hacerse no es el resultado, eso que llamamos crecer o dotarse de personalidad. Hacerse son los vericuetos. Esas manifestaciones laterales o tangentes o secantes, por continuar con la imagen geométrica, que a través de su rica capacidad emocional nos hablan desde la infancia. Y que nos dan pistas de lo que, aunque lleguemos a vivir cien años, seguimos siendo.



3.




Pobre caligrafía. ¿Qué fue del resultado de aquel largo aprendizaje? Traicionado el método. Olvidada la necesidad de su práctica cotidiana. Postergada hoy a la simple función del apunte rápido. Sin embargo, cuánta alma conserva en su degeneración. Y cuánta dignidad bulle aún, no obstante, en el destrozo que hemos hecho de ella. 


2.



No es únicamente el suelo bajo el que chasquean tus pasos lo que está cimentado por restos y fragmentos de ídolos. A ti mismo te erigieron con el mismo material de sus adoradores. De tal modo que cuesta distinguir entre el objeto de culto y el sujeto impregnado de rendición al culto. Te lleva toda la vida marcar distancias y saber qué materiales te mantienen en pie y cuáles rechazas por absolutamente inicuos.



1.



Derriba los ídolos y comienza de nuevo. Pero esta vez sin Tablas de la Ley. Para que no dé lugar a generarse uno nuevo.