Dices que te duele el dolor ajeno que te llega cómodamente desde la lejanía. Los hombres que sufren están solos allá donde no levantan cabeza. Por mucho que te rebelen sus padecimientos tú estás a salvo, de momento. Tu lamento puede ser un homenaje, pero no es práctico. Ellos no van a dejar de sufrir. Empiezas a temer incluso las palabras que creías que decían algo. Por ejemplo, el término solidaridad.